D    english   espanol
deutschenglishespanol
Sunday, 25. October 2020
  anuncios
 
Portada
 
 
» Noticias
Breves
Políticia
Cultura
Saber Comer
 
 
Clasificados
Inmuebles
 
 
Aviso legal
 
 
 
buscar en archivo  
 
 
 
Lokales

Las indumentarias de Lanzarote:
Con aguja e hilo, tras las huellas de la vestimenta tradicional lanzaroteña.

Por: Susanne Bernard



Una fiesta en Haría con vestidos tradicional. Foto: Bernard


La Presidenta del Cabildo de Lanzarote, Manuela Armas, probándose un sombrero tradicional hecho de hojas de palmera.


la vestimenta de los domingos, o de fiesta, de una tinerfeña.


Vestimenta lanzaroteña de uso cotidiano.


Grupo folclórico con vestimenta tadicional.


Foto de una pareja (de niños) del año 1880.


Puesto de vestimenta típica en la Feria de Artesanía de Mancha Blanca. Foto: Bernard.


Dos niñas con vestimentas tradicionales de campesinos, una de ellas con sombreo de soltera. Foto: Bernard.


Mujeres en el curso de elaboración de vestimentas tradicionales en San Bartolomé. Fotos: Bernard





Christine Nott, residente en Lanzarote, hace dos años que asiste al curso y elabora trajes en miniatura para sus muñecos. Foto: Bernard.





Una compañera de Christine nos muestra un pantalón para hombre. Foto: Bernard.











(02/08 N°19) Es probable que al disfrutar de la actuación de un grupo folclórico, de como tocan, cantan y bailan ataviados con sus vistosos trajes típicos, uno se cuestione el origen de estas vestimentas y cómo debe ser la auténtica vestimenta tradicional lanzaroteña. A nosotros nos parecía un tema muy interesante y así decidimos empezar a informarnos para ir al fondo de esta pregunta. Nos vino como anillo al dedo el anuncio de la celebración de un curso de costura de vestimenta tradicional. ¿Pues quién puede explicar mejor de qué se compone una vestimenta tradicional lanzaroteña que alguien que se encargue de dar clases sobre el tema?

 

Así nos dirigimos a la Casa Ajei, en San Bartolomé, donde dos veces a la semana la maestra costurera Ana María Pérez da tres horas de clase a alrededor de veinte alumnas, para instruirlas en el arte de la costura de vestimentas tradicionales. Los cursos de Ana son muy apreciados y estas jornadas se celebran ya desde hace tres años, y cada año hay más demanda. Esto, unido a la alta participación de mujeres jóvenes en el curso, da muestras del aumento de interés de los lanzaroteños por la conservación de su cultura y sus tradiciones. Así, existen en Lanzarote distintas asociaciones y grupos de trabajo que se unen en busca de sus raíces. En asociaciones deportivas, grupos de música y folclore, talleres y grupos de trabajo se lucha por la conservación y la transmisión de las antiguas prácticas de artesanía, y se intenta que los usos y costumbres particulares de la isla sobrevivan al paso de las generaciones.

 

Así, como hay personas que se encargan de transmitir su conocimiento sobre el la cría de la cochinilla y el tinte que se obtiene a partir de este insecto, y otras  que enseñan a trenzar cestas y sombreros de hojas de palmera, a tocar el timple, la tradicional lucha canariao el juego del palo, las alumnas de Ana van con hilo y aguja siguiendo las huellas del arte de las vestimentas de sus antepasados.

 

Mientras están sentadas alrededor de una gran mesa preparando los patrones, cortando las telas, haciendo cordones y botones a ganchillo y cosiendo vueltos y ojales a mano, le preguntamos a Ana ¿qué características debe tener una vestimenta tradicional lanzaroteña?

 

En vez de darnos una respuesta, la amable profesora nos muestra algunos de los trabajos de sus alumnas. Bonitas faldas plisadas a mano,  finos delantales con hermosos bordes, chalecos finamente brocados con cordones y pestañas, pantalones cortos de lino para caballero, que parecen calzoncillos, y voluminosas enaguas, que celebran su belleza a escondidas. Cada pieza está hecha con mucha precisión, cuidando cada detalle, y en cada una se han invertido muchas horas de trabajo manual. No obstante, no nos dan una respuesta clara de cómo era la vestimenta tradicional de Lanzarote. Tampoco Ana quiere aclarárnoslo, en vez de eso nos presta libros sobre el tema de las vestimentas tradicionales en Canarias y nos recomienda en libro “Las indumentarias de Lanzarote”, un libro gordo de 600 páginas, que nos señala que el tema que hemos elegido no es del todo fácil.

 

En nuestra búsqueda de información fuimos viendo, una y otra vez, que también para los habitantes de Canarias la función principal de la ropa era la de proteger el cuerpo. Y los majos y majas, los antiguos pobladores de Lanzarote, llevaban seguro una vestimenta muy parecida a la de los habitantes de África y Europa. Los materiales que utilizaban dependían del clima y de las actividades que llevara a cabo cada grupo. Así se cubrían con pieles, cortezas, plumas, lino y lana, en fin, lo que hubiera disponible y cumpliera la función deseada.

 

El acto de utilizar la ropa como elemento de distinción, es decir emplear una indumentaria acompañada de accesorios, a veces incluso incómodos, para mostrar una apariencia determinada o señalar la pertenencia a un grupo determinado, llegó más tarde, cuando llegaron a las Islas Canarias los colonizadores, descubridores y comerciantes. Pronto los canarios tomaron recorte de las vestimentas con que iban ataviados los colonizadores y demás personas que fueron llegando, y al igual que ellos comenzaron a utilizar la ropa con una función de distinción, para señalar diferencias de naturaleza mágica, religiosa o étnica, o simplemente estética. A partir de entonces la vestimenta se utilizó también para indicar la pertenencia a un determinado grupo o clase dentro de la sociedad, o para vestirse con mayor distinción que los rivales.

 

Así podemos decir que la indumentaria tradicional no es más que ropa, y que hoy en día, al igual que en la antigüedad, refleja las condiciones de vida de quien la lleva. Normalmente asociamos el concepto de vestimenta tradicional a fiestas populares o a actuaciones de grupos folclóricos. Y no entendemos que un punki vestido de negro y lleno de piercings y tatuajes, o una chica de 17 años que lleva un top corto y unos pantalones a la cadera, que dejan a la vista un tatuaje tribal en la parte baja de la espalda, también pertenecen a una forma de vestir determinada y que al igual que los colonizadores y otras personas de fuera que vinieron a las islas hace cientos de años, también contagian a los habitantes de Canarias con su moda. Pero si se observa con atención se ve que hace tiempo que se han puesto por delante de la moda canaria. Y en la actualidad, como hace cientos de años, los lanzaroteños varían la moda de aquellos que llegan a la isla desde fuera, y hoy, al igual que entonces, no necesariamente a su favor.

Imagínense lo extraños que resultaban a los canarios aquellos ceñidos pantalones hasta la rodilla (haut-de-chasse) que llevaban sus colonizadores, en tiempos en los que acababan de dejar de lado las túnicas y en los que se vestían con unas casacas, que en Europa se llamaban casacas de campesinos. Estas les llegaban hasta las rodillas y estaban hechas de lana y alguna quizás de algodón. La introducción del pantalón en el continente europeo suponía en aquellos tiempos la mayor revolución del primer milenio en el campo de la vestimenta, y los aristócratas y poderosos consideraban esta prenda como poco apropiada para los miembros de su clase social.

 

Solo podemos suponer qué aspecto presentaba la vestimenta del antiguo lanzaroteño. Lo que es seguro, es que en los siglos venideros los trajes que llevaban los colonizadores y otros intrusos, y por supuesto lo de las mujeres de estos, causaron gran sensación entre los isleños y, aquellos que podían permitírselo, copiaban la moda de la aristocracia y la clase media europea.

 

En aquellos tiempos no había sitio para un estilo como el grunge de nuestra época, los seguidores de este estilo se diferencian del resto del mundo vistiéndose de manera descuidada y desgarbada. La mayoría de los isleños ya habían pasado bastante tiempo vestidos con harapos sucios y mal olientes, y la llegada de los colonizadores con sus finas calzas y de la mano de sus elegantes mujeres, que vestían espesas togas e impresionantes sombreros, les abrió nuevas puertas en el campo de la moda. Y así el pueblo canario, aunque con un retraso considerable, comenzó como lo habían hecho el resto de los europeos, a imitar y reinterpretar las vestimentas de la aristocracia y la clase media. Y en algún momento de aquella época nació la vestimenta tradicional lanzaroteña.

 

Aquellos que podían permitírselo utilizaban, al menos para elaborar las ropas de los domingos y días de fiesta, caras telas orientales, seda, algodón o muselina, y con el fin de conservar también la posición y dignidad dentro de la sociedad, para el día a día se empleaban como poco algodón o lana. Cuanta más tela se empleara para hacer un traje o una falda, más complicada era también su elaboración, y mayor la variedad de colores y muestras, así resultaba más fácil distinguirse del resto y reconocer a los suyos.

 

Los ricos y poderosos intentaban por todos los medios que la “plebe” no se vistiera como ellos y en vano inventaron prohibiciones y reglas para preservar algunos aspectos de vestimenta y comportamiento. Hoy en día nadie permitiría que se le prohibiera llevar un color y el clero no solo ha perdido el derecho de ser ellos los únicos en utilizar el violeta, sino que además les resulta difícil convertir en norma que las mujeres tengan que llevar pañuelos en la iglesia. Ya pasaron los tiempos en los que los pobres imitaban la moda de los ricos. Hoy en día los ricos van por ahí con pantalones rajados, y los ejemplos de moda que siguen los jóvenes andan por algún lugar entre el Bronx y Tokio y se dedican a dar gritos sobre un escenario vestidos con unos pantalones mega cortos y un sujetador.

 

Actualmente la rueda de la moda está girando a velocidades exorbitantes, y es posible que mañana nos paseemos por ahí en pijama a rayas solo porque a causa de una borrachera Tom Cruise u otra súper estrella haya ido al supermercado con esta vestimenta. Seguro que las zapatillas a juego las encontraríamos en cualquier escaparate.

 

Dejando las bromas a un lado: volvamos sobre las huellas de la vestimenta tradicional de lanzarote en el paso del tiempo.

 

Como ya habíamos dicho antes parece que el primer cambio sustancial en la “moda” de los habitantes “primitivos” de las Islas Canarias se dio al final de la época de conquista normanda. A finales de la Edad Media los majos empezaron a deshacerse de sus ropas de piel, con paso lento pero seguro. Lo que estaba “de moda” a partir de ese momento era lo que llevaban los señores y señoras de la Península, y lo que allí estaba en auge era el estilo de vestimenta de la monarquía franco-borbónica, con un toque de fineza italiana. A esto se unió, en el siglo XV, una importante influencia morisca.

 

A diferencia de lo que ocurrió en el resto de las Islas Canarias, en Lanzarote la moda vino muy influida por la presencia de esclavos africanos. Eran muchos los esclavos que se mantenían y con los que se comerciaba en esta isla, e incluso hubo tiempos en los que estos suponían tres cuartos de la población. Los musulmanes que se encontraban entre ellos daban muestra de su creencia religiosa con turbantes o fez, sables y túnica, había algún lanzaroteño que encontraba esto chic y copiaba algún que otro detalle. Esta influencia persistió más tiempo en Lanzarote que en la Península, pues a principios del siglo XVII Felipe III se encargó de expulsar a todas las personas de creencia musulmana. Por cierto: en aquellos tiempos eran más bien los hombres los que tomaban detalles del estilo de los extraños, las mujeres mantuvieron, o tuvieron que mantener durante más tiempo su indumentaria tradicional. Los elementos principales de la moda española de la época eran: una gran variedad de mantos, que las mujeres llevaban sobre la cabeza y las capas para los hombres. Durante los siglos XVI y XVII fueron llegando más y más influencias a Lanzarote, y tanto mujeres como hombres fueron cambiando su moda tomando estilos de otras partes del mundo, ya fuera Inglaterra, Francia o España. Hasta que a principios del siglo XVIII los Borbones tomaron el trono e introdujeron la moda francesa en España. En la corte se llevaba ahora la casaca, una especie de frac, que se llevaba con algo parecido a unas medias, que hoy se llamarían pantys. Las mujeres llevaban largas y voluminosas faldas y acentuaban su cintura.

 

La moda francesa se consideraba elegante y a los españoles les gustaba seguir el estilo de su rey francófilo, no obstante, había un par de detalles de los que no querían deshacerse: el sombrero de ala ancha y la adorada capa larga. Carlos III consideraba que estas reliquias estaban totalmente pasadas de moda y estableció que su pueblo llevara el sombrero francés de tres picos para cubrir la cabeza, en combinación con la capa corta francesa. Quien no siguiera estas pautas podía ser sancionado y enviado a la cárcel. Supuestamente esta vestimenta servía para evitar que los delincuentes pudieran perpetrar sus delitos camuflados al abrigo de este ropaje. Lo que en realidad pretendía Carlos III con la prohibición de una vestimenta que el resto de Europa consideraba pasada de moda era dar una imagen de progreso social. Muchos componentes de la aristocracia española se adaptaron al estilo establecido, mientras otros se aferraban fuertemente a las antiguas formas, ideales que manifestaban también a través de la vestimenta. Trece días después de la prohibición, los madrileños decidieron revelarse y es cuando tuvo lugar el Motín de Esquilache o revuelta de capas y sombreros, que comenzó en Madrid y se extendió por toda España. Se estima que participaron alrededor de 50.000 personas, que se manifestaban en contra de la regulación de la vestimenta que el Marqués de Esquilache, persona de absoluta confianza del rey, trataba de imponer. Con la revuelta y gritos de “¡Muera Esquilache!” y “Muera el mal gobierno” los manifestantes lograron el exilio forzado de Esquilache y la partida temporal del rey a Aranjuez.

 

También la clase alta lanzaroteña reivindicaba, en parte con mayor vehemencia que los peninsulares, la conservación del uso del sombrero de ala ancha y de la capa larga, y aquí, al igual que en la península, la prohibición de estos sirvió para que el pueblo diera aún más importancia a la conservación de sus tradiciones.

 

Sin embargo las influencias de la “globalización” y próxima industrialización (derivadas del comercio de mercancías entre las islas y los continentes europeo y africano) se fueron sintiendo cada vez con más fuerza. En el siglo XVII la economía lanzaroteña se basaba en el comercio con barrilla, aguardiente, cochinilla, cebollas, papas, vino y pescado, y en Arrecife se establecían negociantes que impulsaban el comercio, que venían de Inglaterra, Portugal, España y África y animaban a los habitantes a crear una variada mezcla de moda, que se encargaría de impresionar a más de un comerciante inglés o español.

 

Parece ser que esta diversidad desapareció durante los siglos XVIII y XIX, cuando se empezaron a tejer telas con máquinas y a fabricar ropa de confección, para todos igual, en todas las tallas. Desaparecieron las modas regionales. Lo que ahora se llevaba se encontraba en la prensa y se importaba de las metrópolis de la moda inglesas y francesas. A mitades del siglo XX ya no existían telas tejidas a mano, y los lanzaroteños, exceptuando algunos viejos que se vestían con ropas “pasadas de moda”, iban todos muy “modernos”.

 

Así hoy la vestimenta tradicional lanzaroteña encierra ecos de las más distintas épocas, principalmente de la moda que se llevaba cuando en Alemania se daban los tiempos del Bierdermeier, tiempos en los que estaban de moda las faldas largas que se combinaban con prendas que acentuaran la cintura. Los gorros, atados debajo de la barbilla, que iban con este tipo de moda solo los utilizaron los campesinos, los más “finos” preferían cubrirse la cabeza con un pañuelo y encima un sombrero, algo que estaba de moda en la antigüedad. Para los hombres la vestimenta “elegante” parece basarse en modas aún más antiguas, como el pantalón corto que se llevaba en el siglo XV, en cuanto a las gorras de los hombres, parece que se encuentran influencias del tricornio francés.

En cada uno de los detalles se encuentran influencias de diferentes épocas. Es una mezcla, llevada por una visión “romántica” de tradición. Y así la indumentaria tradicional es la repetición y unión de modas de épocas pasadas en una sola vestimenta. Y si las tradiciones y la artesanía siguen con vida, se pueden ir añadiendo nuevos elementos. Como ocurre con las creaciones de la diseñadora alemana Lola Paltinger, que crea extravagantes versiones del traje tradicional tirolés, que son muy apreciadas en la escena chic de Munich, mientras el resto de la población frunce el ceño al verlos… ¿de que nos damos cuenta? ¡Todo es cuestión de gusto!



<- Atrás, a la lista de noticias  


 
© conceptnet
  Portada  |   Noticias  |  Breves  |  Políticia  |  Cultura  |  Saber Comer  
  Clasificados  |  Inmuebles  
 Aviso legal